Por: Alex Daniel Mora Arciniegas
Honduras, un pequeño país de Centroamérica, del que poco se sabe porque poco se informa, sufrió el pasado fin de semana uno de los atentados más insólitos a la democracia en pleno siglo XXI. Todo esto como resultado de haber sido por varias décadas el mejor patio trasero de Estados Unidos después de que éste a inicios del siglo XX introdujera en suelo Hondureño a la United Fruit Company, dueña y señora de enormes latifundios que ahora venía a apoderarse de Honduras y dando pasó al control de las plantaciones más extensas de América Central.
La United Fruit controló la producción agrícola, especialmente la industria bananera, pero también fue dueña de los ferrocarriles, de los barcos, de los puertos, Y, dueña, sobre todo, de los presidentes del país. Para asegurar los intereses de la United Fruit, Estados Unidos invadió militarmente a Honduras en 1903, luego hubo una nueva invasión en 1907, en 1911, 1912, en 1919, 1924 y 1925. En 1933, la United Fruit impuso al presidente Tiburcio Carías, dictador sanguinario, que desgobernó el país hasta 1948. Hasta que el pueblo hondureño, los hijos e hijas de Lempira, aquel jefe indígena que luchó hasta la muerte contra los invasores españoles, se organizó en sindicatos e hizo huelgas heroicas en las plantaciones bananeras.
Fue entonces cuando comenzaron los golpes militares: Golpe militar en 1956, en 1963, 1972 y 1978. En los años 80, Estados Unidos le declaró la guerra a la revolución sandinista y a la revolución salvadoreña y convirtió el territorio de Honduras en un portaviones gigante, una base para los contras, aquellos mercenarios que luchaban contra Nicaragua y El Salvador, pueblos hermanos; los militares hondureños fueron entrenados por expertos norteamericanos e israelíes en torturas y asesinatos.
Son esos mismos militares los que el pasado 28 de junio han dado un golpe de estado contra el presidente José Manuel Zelaya, el pretexto ha sido una consulta para que la población opine sobre la necesidad de una asamblea constituyente, puesto que la actual Constitución hondureña fue escrita en 1982, durante la guerra “de baja intensidad” impulsada por el gobierno criminal de Ronald Reagan; una Constitución “inconstitucional” porque limita los derechos humanos y prohíbe la participación popular en asuntos políticos y económicos, mejor así, dirán algunos oligarcas, porque el mejor pueblo es el que menos opina.
La decisión de un juez de que no procedía una encuesta no vinculante donde se preguntaba sobre su voluntad de organizar una cuarta urna en las próximas elecciones del mes de noviembre de 2009, una consulta al pueblo para ver si estaba de acuerdo con una Cuarta Urna en esas elecciones de noviembre, esta sola pregunta produjo el golpe de Estado. Se inventaron supuestos, hasta se habló que se pretendía quitar la patria potestad a los niños mayores de tres años, o implantar la reelección presidencial. En todo caso, la encuesta no estaba vinculada a propuesta política, pues el proceso, si acaso el pueblo la aceptaba, iría por los caminos legales de una Asamblea Constituyente. Pero esto no gustó a los poderosos de Honduras.
Esta es la oligarquía, la oligarquía responsable del hambre de las grandes mayorías que sobreviven con menos de un dólar diario en Honduras. Una oligarquía que ha puesto como presidente a Roberto Micheletti, un empresario corrupto enquistado en el Congreso desde hace tres décadas. Una oligarquía que controla el Congreso, el Poder Judicial y la casi totalidad de los medios de comunicación. Una oligarquía que controla también, lastimosamente y aunque a muchos nos duela, a los jerarcas de la iglesia católica y las evangélicas, cómplices en este golpe militar.
Lo que nos dice el golpe de Estado en Honduras es que el sistema democrático que se vive en América Central en pleno siglo XXI puede ser roto por una simple apelación de juez o abogado y si un organismo judicial superior lo acepta, puede dar lugar a deponer a un presidente. La lección es funesta. La administración de la ley puede inventarse recursos para romper el orden constitucional. Lo ocurrido en Honduras nos da una señal que la democracia no está consolidada aún en Centro América, y si bien el sector que maneja las armas puede ser profesional en aceptar con obediencia a la Constitución, también es posible que un recurso de cualquier persona e interpretado por un órgano del Estado sea capaz de abrirle las puertas a un grupo de ambiciosos para deponer a un presidente democráticamente elegido.
Esta es la realidad histórica y la actual situación de nuestros hermanos hondureños, realidad desconocida por muchos ya que es más importante para los medios de comunicación dar a conocer de qué murió y qué honores le van a rendir al “rey del pop”, o qué es o qué no es un “atentado” a la “libertad de expresión” en vez de ayudarnos a que nos demos cuenta de la realidad que aún en pleno siglo XXI todavía viven muchos hermanos y hermanas de países de nuestra América.
Por el bien de América Latina las dictaduras no pasarán. El golpe militar en Honduras es un plomazo a la tolerancia política como dinámica del sistema democrático continental, no hay otra salida: reponer al presidente Zelaya para ponerle paro a la perversión ocurrida la madrugada del 28 de junio de 2009, a lo cual ya se ha sumado el rechazo y el repudio de la gran mayoría de organizaciones internacionales y demás países y entidades de gobierno que no apoyan este tipo de práctica inconstitucional, antidemocrática, destructora y avasalladora de los derechos de las personas. Ninguna crisis política debe ser resuelta por las balas y los fusiles, ésta es una verdad incontrovertible en el siglo de la información, el conocimiento y la tecnología.
Hermanos y hermanas hondureñas, resistan. Sigan luchando en las calles, en los barrios, en todo el país. Resistan. Recuerden las palabras de Francisco Morazán, primer Presidente de Honduras, que parecen dirigidas a los golpistas de hoy: Hombres que habéis abusado de los derechos del pueblo por un sórdido y mezquino interés. Con vosotros hablo, enemigos de la independencia y la libertad. Ese pueblo que habéis humillado, insultado, envilecido y traicionado tantas veces, ese mismo pueblo será vuestro juez.
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